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Fabula 0001
La Rana que quería ser una rana auténtica
La Rana que quería ser una rana auténtica
Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica,
y todos los días se esforzaba en ello,
pero Al principio se compró un espejo
en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad
Unas veces parecía encontrarla y otras no,
según el humor de ese día o de la hora,
hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor
estaba en la opinión de la gente,
y comenzó a peinarse y a vestirse
y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso)
para saber si los demás la aprobaban
y reconocían que era una Rana auténtica
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo,
especialmente sus piernas,
de manera que se dedicó a hacer sentadillas
y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores,
y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que,
dispuesta a cualquier cosa
para lograr que la consideraran una Rana auténtica,
se dejaba arrancar las ancas,
y los otros se las comían,
y ella todavía alcanzaba a oír con amargura
cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo
Agusto Monterroso
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Fabula 0002
El mono que quiso ser escritor satírico
El mono que quiso ser escritor satírico
En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor
satírico.
Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le
faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y
a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la
mano.
Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros
animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser
mejor recibido aún.
No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era
agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por
los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a
él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente
comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza
humana y poder retratarla en sus sátiras.
Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de
la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.
Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la
Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba
de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca;
pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban
había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su
sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.
Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente,
quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio-
lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias
Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió
de hacerlo.
Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja,
que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de
que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó
comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar
y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.
Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira
contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de
Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y
desistió de hacerlo.
Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos
y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los
amigos que compartían su mesa y en él mismo.
En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística
y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos
dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto
gusto.
De: Agusto Monterroso
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Fabula 0003
EL ESPEJO QUE NO PODÍA DORMIR
EL ESPEJO QUE NO PODÍA DORMIR
Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor,
como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él,
y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos,
ajenos a la preocupación del neurótico.
De: Agusto Monterroso
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Fabula 0004
El perro que deseaba ser un ser humano
"El perro que deseaba ser un ser humano"
En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México,
de comodidades y de toda clase de máquinas,
vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano,
y trabajaba con ahínco en esto.
Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo,
caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre,
excepto por el hecho de que no mordía,
movía la cola cuando encontraba a algún conocido,
daba tres vueltas antes de acostarse,
salivaba cuando oía las campanas de la iglesia,
y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.
De: Agusto Monterroso
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Fabula 0005
"El Conejo y el León"
"El Conejo y el León"
Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.
Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación
logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales,
que comparó una y otra vez con las de los humanos.
Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.
En un principio no sucedió nada digno de mencionarse,
pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y,
cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.
El León estremeció la Selva con sus rugidos,
sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes;
por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.
De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva,
y el Conejo el más valiente y maduro:
el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo;
el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí,
al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.
De: Agusto Monterroso
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Fabula 0006
"El grillo maestro"
Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno,
el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar,
precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces,
pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta,
evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.
De: Agusto Monterroso
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Fabula 0007
"La mosca que soñaba que era un águila"
Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
De: Agusto Monterroso
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